A mucha honra, nací en Acayucan hace más de siete lustros. Tuve el privilegio en los años setenta y ochenta de andar como en el patio de mi casa. Correr, andar en bicicleta allá por donde estaba en proceso la obra del libramiento. Allá rampábamos sobre los montes, corríamos para llegar a la unidad deportiva frente a la Finca del Dr. Lino Lara, en donde jugábamos futbol. O sino, íbamos a cortar mangos o a pescar en la presa de Ramón González -confesión de parte, relevo de pruebas, aunque preescritos estos actos, hoy los confieso-. El parquecito, también era punto de reunión para andar en la bicicleta. Era un mundo maravilloso, un mundo que se construía momento a momento, en cada instante: no había un plan. Desde hacer una pandorga y elevarla por el rumbo del CECYT -ahora CBTIS- hasta producir un cazamariposas para atrapar aquellas especies como la monarca que en primavera proliferaban. Acayucan está en mis raíces; sueño, pienso, imagino, recuerdo a mi pueblo querido con suma nostalgia, aquellos fabulosos años de la infancia están provistos de sus colores y del sentimiento sincrético hondamente arraigado. No obstante que han pasado muchos años, aún prevalece en mí la fonética a pesar de haber estado en otros lugares, lejos de la madre que me hizo sietemesinos. Aún me preguntan: – ¿De dónde es usted?
-De Acayucan.
-Tiene usted el acento chistoso en su hablar.
No me gusta que me lo digan, que me digan de mi acento, pienso que se ríen cuando me como una “s”. Pero me alegro de saber que debido a ello aún no rompo mi ombligo que me une a Acayucan, a quien siempre añoro. Hoy escribo esto, porque la identidad de un pueblo ya llevan sus hijos en lo profundo de su corazón.